La reforma electoral es otra gran farsa de la demagogia populista hecha gobierno, es una decisión tomada cuya responsabilidad de llevar a cabo quedó en uno de los más radicales del régimen, Pablo Gómez. ¿Hasta dónde llegarán?, sin duda darán el golpe definitivo y contundente al último atisbo democrático que resta en el país. Téngalo por seguro, estamos en el umbral de la peor contrarreforma de la historia, harán lo necesario para -según ellos- afianzar un régimen que dure mil años.
En un exceso de cinismo colectivo se han proclamado los más demócratas del mundo (en algunos momentos lo repitieron como estribillo pegajoso), siendo que se han empeñado en desmontar las instituciones de la naciente democracia mexicana. Aunque no la necesitan, ya tienen secuestrados los órganos electorales, les falta cambiar la ley electoral para cerrar el ciclo. Quieren hacerlo para no depender de nadie, asegurar que, con independencia de quien dirija los nuevos órganos, tendrán control absoluto en cada elección futura.
Tres serán los golpes definitivos a un conjunto de leyes e instituciones que costaron sangre a los mexicanos y en la que fueron, algunos de ellos, actores relevantes. Nada les importa, instalados en el poder han perdido el pudo: Centralizarán las elecciones eliminando a los oples, garantizando así control sobre elecciones de gobernador y presidencias municipales; reducirán sensiblemente el presupuesto a partidos políticos, quieren debilitarlos conscientes de que todos los recursos del Estado están a disposición del partido oficial; y tomarán mando absoluto de los órganos electorales, también debilitados con presupuestos reducidos. Es la concepción del Estado totalitario.
Serán dueños del estadio, de la pelota, serán árbitro, comisión de apelación y distribuirán los boletos para el graderío a su conveniencia. Lo demás ya no importa, siempre gana quien organiza las elecciones y cuenta los votos. Es la consolidación de su credo ideológico convertido en movimiento político, la culminación de un proceso devastador que aceleró López Obrador desde que ganó el gobierno. Si por él hubiese sido, esta reforma ya estaba convertida en Ley. No pudo por falta de diputados y senadores, hoy con la mayoría espuria cumplirá su anhelo.
Frente a un panorama de terror autoritario, ¿qué caso tendría insistir en fortalecer una corriente opositora, si la inequidad electoral regresará a la peor época del partido hegemónico en la era priista, cuando aquella poderosa maquinaria era invencible?. Tiene y mucho, hay esperanza en este panorama sombrío que sufre el país. Pueden ejercer y ejercerán control calculado en todo el proceso electivo, asegurando triunfos desde la misma ley, pero no pueden controlar ni contener la legítima indignación ciudadana.
Muchos habíamos pensando que en la sociedad adormecida de hoy no había espacios para el heroísmo, que la indiferencia social prevalecería sobre los tímidos impulsos reivindicadores. Carlos Manzo y los michoacanos demostraron que no, hartos de las extorsiones criminales y sabiéndose desamparados por el gobierno que abrazó a criminales, los ciudadanos empoderaron a un líder honesto que honró su palabra y aún sabiéndose en riesgo de muerte, desafió al poder criminal y al gobierno que lo solapaba.Un sólo mexicano cuya fugaz aparición pública alcanzó rasgos de heroísmo desacomodó al régimen autoritario, sólo con exigir al gobierno que actuasen contra los criminales que secuestraron a su municipio.
¿Quién, fuera de Uruapan, conocía a Carlos Manzo antes de ser el alcalde disruptivo que conoceríamos después el resto del país?. Supongo que muy pocos. Bien, sólo necesitó un año de compromiso ciudadano para ser respetado y, me atrevo de decir, admirado por muchos. Sin quererlo, en ese corto tiempo, se colocó de favorito en la carrera por el gobierno michoacano. Tenía más del 40 por ciento de las preferencias contra menos del 20 de los posibles aspirantes oficialistas. Por eso lo mataron, el suyo tiene todas las características de un crimen político calculado. ¿Quién resultó ganador con su muerte?, el régimen, eliminaron a un portentoso competidor.
Le tuvieron miedo a Manzo sabiendo que acomodarían la ley electoral para garantizar sus triunfos. A eso me refiero con que no pueden controlar la indignación social, la gente se cansa. Y, créanlo, la indignación nacional seguirá creciendo en la medida que vayan consolidando el autoritarismo y, sentido inverso, deteriorando la economía el país. Por razones inherentes a la naturaleza humana, la gente quiere progresar y vivir en libertad, dos temores de los regímenes autoritarios. Les aterra que la sociedad piense en términos de progreso y libertad.
Se esfuerzan, sin éxito, por espantar esas expresiones sociales siempre presentes. En su credo quieren convencernos de que aspirar a una vida mejor es malo, López Obrador acuñó un concepto para demonizarlo; aspiracionistas. Con el discurso de que un par de zapatos es suficiente, para qué más, insultó reiteradamente a la esforzada clase media, “por querer ser como los de arriba”. De libertad hablan y hablan hasta el cansancio, mientras atentan contra una de las más preciadas, la libertad de expresión. Ninguna consecuencia tuvieron Layda Sandores, Armenta, dato protegido y los otros empoderados que abusaron de su poder contra periodistas o ciudadanos comunes, queriendo acallarlos.
En lo que madura la indignación social y van surgiendo nuevos Carlos Manzo, los partidos de oposición y la sociedad comprometida con la democracia y la libertad, tienen la obligación de asumir próximas y posteriores elecciones como si la competencia fuese pareja, salir a la cancha con la convicción de que hay esperanza en la inequidad electortal.Particularmente en estados opositores como Chihuahua, donde la fuerza política es capaz de complicarles los chanchullos urdidos desde la misma ley electoral.
Para empezar, no cometer la misma estupidez de las elecciones pasadas, cuando dejaron las casillas desguarecidas. Los agentes electorales del oficialismo se sirvieron a gusto llenando urnas, si no llegaron al millón de votos fue por que se cansaron de taquear. ¿Se han preguntado porque la elección federal tuvo doscientos mil votos más que la elección local?. El operativo del fraude era en la elección federal, su prioridad estaba en la Presidencia de la República y las cámaras legislativas. O de qué otra forma se explica que Sheinbaum haya tenido, en Chihuahua, más de 250 mil votos que López Obrador.
Aún en la peor inequidad es posible ganarles, mientras los ciudadanos cuiden y cuenten los votos, últimos rescoldos democráticos, los candidatos opositores tendrán oportunidad. Y cada vez les costará más sostener su dispendiosa estructura electoral, acaban con el país al mismo ritmo que instalan el autoritarismo. En la obsesión de controlar todo está escriturada su derrota. Llegará más pronto de lo que imaginan, será una realidad cuando la indignación ciudadana pueda más que su monopolio electoral.















