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domingo, febrero 22, 2026
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La cohabitación política entre PAN y PRI empezó en Guanajuato, le llamaron concertasesiones. Carlos Salinas y dos históricos de Acción Nacional, Luis Héctor Álvarez y Diego Fernández de Cevallos, fueron los protagonistas estelares. Salinas cargaba el estigma del monumental fraude en 1988, cuando tres años después Vicente Fox ganó la elección a gobernador. El presidente desconoció aquel triunfo por rencores contra Fox, quien siendo diputado federal lo había ridiculizado colocándose boletas electorales a modo de orejas. Hacer mofa del físico es imperdonable.

Encontraron la solución a la crisis de Guanajuato entregando el gobierno a quien había sido presidente municipal de León, Carlos Medina Plasencia. Los anteceden políticos de aquellos acuerdos cupulares eran el Verano del 86 en Chihuahua y la victoria de Ruffo en Baja California. El PAN había avanzado mucho sin necesidad de oscuros acuerdos cupulares, pero Don Luis y Diego consideraron que pactar con el adversario era el camino más rápido al poder. Quién podía culparlos, estaban tocando las puertas de Palacio Nacional.

Los acuerdos entre una oposición civilizada y un gobierno dispuesto a democratizarse continuaron, al triunfo de Ernesto Zedillo ocupó la Procuraduría General de la República Antonio Lozano Gracia, un panista propuesto por el candidato perdedor, Fernández de Ceballos. Seis años después Vicente Fox sacó al PRI de los Pinos, a patadas, y después el PAN repitió con Felipe Calderón. Era la coronación exitosa de una larga lucha que tuvo sus mayores logros en los tiempos pragmáticos de las concertasesiones.

El huevo de la serpiente, sin embargo, quedó incubado en el fraude del 88. En esa elección histórica la izquierda tomó impulso relevante, tuvo la capacidad de unirse y despertar interés social mientras PAN y PRI se acariciaban mutuamente fingiendo que estaban solos, recuerden el ni los veo ni los oigo de Salinas. Se dice que los gobernadores del PRI facilitaron el triunfo de Calderón y Calderón dejó correr sin restricciones a Peña Nieto. Al ver que transitaban juntos casi descaradamente, creativos de la izquierda creciente acuñaron el concepto PRIAN, desde entonces para los mexicanos fueron uno y la misma corrupción.

Cargando el nuevo mote, la concertasesión quedó en desuso, llegaron hasta la elección del 2018. Ahí se produjo la primer fractura importante, Ricardo Anaya secuestró al PAN y, terco en ser candidato presidencial, cerró el camino a Margarita Zavala, mejor posicionada que López Obrador en las encuestas preliminares. La contumacia de Anaya tuvo un triple efecto: partió al PAN en dos, canceló el pacto no escrito con el PRI y alejó a los votantes sin partido. Anaya fue un pésimo líder panista, a pesar de ser uno de los más brillantes pudo más su ambición.

En la prolongada y dolorosa evolución del país hacia la democracia, la traición de Anaya al PAN es uno de los últimos capítulos que facilitó el arribo del populismo demagogo al poder, asume la obligación de conducir el proceso como era su deber y el resultado electoral hubiese sido diferente. Otro es el allanamiento de Peña Nieto, quien al ver la rebeldía de Anaya y la imposibilidad acordar con él, anticipó la catástrofe y pactó su seguridad personal con López Obrador. Después desapareció de la escena pública sin ser molestado en sus bienes y persona, le permitieron conservar lo robado.

Desde la elección del 2018 fracasaron las nuevas concertasesiones PAN-PRI, en buena medida por las ambiciones incontenidas de Anaya y la corrupta frivolidad de Peña. Ahí debieron terminar, pues además el desprestigio del PRI representaba un lastre para cualquier aliado, había entrado en una acelerada espiral decadente que lo llevó a lo que es hoy, el “partido de alito”. Sin embargo no pararon, la inercia los llevó a un segundo intento seis años después, con Xóchitl Gálvez y la incorporación de PRD. Era un PAN confundido y de pequeños liderazgos ambiciosos, un PRI lastrado por el desprestigio social insalvable, y los despojos del PRD. Aparte de ir contra toda lógica electoral, en lugar de concentrarse en la elección presidencial, los tres partidos cuidaron sus minúsculas parcelas dejando a Xochitl sola y desguarecidas las urnas.

Los dirigentes partidistas, incluidos los del PAN, hicieron todo para perder mientras Xochitl enfrentaba elección de estado. Pese a todo, los mexicanos libres mantuvieron la esperanza, dieron a Xóchitl casi 17 millones de votos e impidieron mayoría calificada en el Poder legislativo. Después el oficialismo las construyó de manera espuria, extorsionando a senadores electos, el caso de los Yúnes es de la mayor verguenza política en un país de verguenzas. Los electores mexicanos suplieron con su activa participación las deficiencias oportunistas de los políticos opositores que, temerosos de perder sus pequeñas rentas, abandonaron la campaña presidencial y se concentraron en sí mismos.

El PAN anunció ayer su relanzamiento como partido, una especie de volver al origen, recuperar el ideario de sus fundadores y abandonar lastres de siglas ajenas, sin cargar alianzas “pasadas, presentes y futuras con nadie”, dijo su presidente Jorge Romero. Acordaron también abrir el partido a la sociedad con dos medidas básicas, destrabar los engorrosos requisitos para ser miembros activos (El PAN es el único partido del mundo que pone trabas insalvables al ingreso de nuevos miembros, el secuestro que su burocracia hizo para controlar las designaciones de candidatos) y organizar elecciones primarias abiertas a la sociedad.

La reacción llega seis años tarde, debieron hacerlo al primero año de López Obrador, pero sigue siendo pertinente y estratégicamente necesaria. Mantener la estúpida idea de alianzas con el PRI era como seguir pataleando en arenas movedizas. No obstante una cosa es relanzar al partido con su nuevo y acorazado escudo, otra obrar en consecuencia. Para que el PAN recupere la credibilidad y sea un vehículo eficiente capaz de empoderar a la sociedad frente al autoritarismo, los dirigentes actuales deben despojarse de las ambiciones personales que los arrastraron hasta el fondo de la política. Necesitan abandonar los insanos apetitos por las plurinominales, las prerrogativas, los negocios alternos o su relanzamiento será una vacilada, otra tomadura de pelo a la sociedad, harta de políticos vendidos, mezquinos y acomodaticios que sólo piensan en ellos mismos.

El reto ahora es tan grande como el de aquellos panistas que lucharon contra la poderosa maquinaria electoral del PRI. El gobierno revolucionario organizaba la elección, contaba los votos y decidía quien ganaba, cómo podían derrotarlo. Pues lo derrotaron, ayudados en mucho por los excesos y la corrupción ofensiva del régimen. Para efectos electorales, el Morena de hoy es lo mismo que el PRI de ayer, pronto reformarán la ley electoral y más que la desaparición de plurinominales -los compensarán con primeros perdedores- están la cancelación de los órganos estatales y la reducción del financiamiento. ¿Qué podrán hacer los panistas refundados contra el gobierno convertido en partido político, provisto de cuantiosos recursos económicos y humanos, leyes electorales a su modo y funcionarios electorales bajo sus ordenes?.

Se puede hacer y mucho, la sociedad ha demostrado reiteradamente su activa participación: el 88 con Cárdenas, 94 con Zedillo, primer presidente electo democráticamente, 2000 con Fox, 2012 con Peña y si, en 2018 con López Obrador. Para volver a entusiasmarse, la sociedad necesita estímulos mínimos, el populismo demagogo se los está dando con la corrupción espantosa, como nunca en la historial del país, y la soberbia de creer que gobernarán durante mil años. ¿Que ofrece el PAN?, lo dijeron el sábado; reivindicar el espírtu de sus fundadores, destrabar los entuertos del padrón y abrir el partido a la sociedad. Pasen de las palabras a los hechos y habrán reencausado su camino, entonces los mexicanos libres harán su parte, como siempre lo han hecho.