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domingo, febrero 22, 2026
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Hizo sus campañas sobre la base de que los mayores males del país eran por la corrupción, ofreciendo que de ganar la limpiaria “como se limpian las escaleras, de arriba hacia abajo”; prometió que siendo presidente la violencia terminaría, “al otro día” de tomar protesta, porque “ya no habrá motivos para delinquir”; redujo a nivel de estribillo que “no puede haber gobierno rico y pueblo pobre”, postulando con tono de pastor evangélico el concepto juarista de austeridad republicana. Asumido el poder sacó un pañuelo blanco anunciando el fin de la corrupción y en uno de sus muchos informes declaró concluido el robo de combustible y entregó aduanas, puertos y aeropuertos a militares, en garantía de honestidad; contra la delincuencia ofreció abrazos y no balazos, explicando que protege a los criminales “porque también ellos son seres humanos»; en nombre de la austeridad canceló a costo multimillonario la construcción de un aeropuerto, desmanteló instituciones ciudadanas y fijó su salario como medida de honrosa medianía, decretando que nadie podía ganar más. Sintetizó su credo ideológico en dos jaculatorias inovacadas con fervor por sus devotos: “No mentimos, no engañamos y no traicionamos” y “nosotros no somos iguales”.

Sobran testimonios documentados de su prédica, dos horas diarias durante seis años frente a cámaras nacionales recogieron al detalle cada una de sus expresiones, tomadas por millones como verdad incuestionable. Desde aquella tribuna impuso la narrativa de un país con nuevas categorías: Ya no era necesario medir el desarrollo en términos económicos, ahora lo medirían por nivel de felicidad y bienestar del pueblo; las legítimas aspiraciones a mejor vida quedaron proscritas, estigmatizadas en un concepto de su autoría, “aspiracionista”. En adelante los mexicanos seríamos felices con un par de zapatos y dos cambios, “porque, para qué más”. En el país de la Transformación la clase política quedó “moralmente derrotada”, ocupada en conservar “intereses creados”, y quienes advertían sobre los desvaríos del profeta eran tenidos por traidores a la patria. La clase media en su conjunto quedó colocada en la nueva categoría de antimexicanos, aspiracionistas que soñaban con tener más, que pretendían ser como los ricos, eran los fifís, conservadores y un largo etcétera de epítetos administrados diariamente desde su tribuna impune. Quienes lo siguieron en su campaña y después desertaron terminaron de traidores al movimiento, las voces antes respetadas por estar a su favor, quedaron reducidas a “buena ondita”, si mostraban el mínimo sentido de independencia.

Con recursos ilimitados, legiones reproduciendo sus estribillos con la disciplina y fervor de monjes cistercienses haciendo sus oraciones matutinas y aplomo del predicador que se asume tocado por la mano de Dios, consiguió imponer su verdad. Hoy la realidad lo desmiente, le cae como esporádicos cubetazos de agua fría a pesar de que la elegida para seguir con la transformación y velar por su legado, honra solícita su palabra de protegerlo a costas de su propia historia personal como la primera mujer que gobierna al país. En menos de un año la realidad hizo colapsar la idea del país sin corrupción, gobernantes austeros, honestos, el país seguro donde los pobres fueron redimidos y los ricos puestos en su lugar. Colapsó por haberlo construido con mentiras flagrantes y cinismo de charlatán vendiendo agua salada contra cáncer de páncreas y diabetes tipo 1. Han sido insuficientes los esfuerzos de la presidenta Sheinbaum, el fiscal Gertz Manero y el secretario García Harfuch por apartarlo de los más grandes casos de corrupción que registre la historia mexicana, mucho decir en un país nacido y forjado en la corrupción de sus gobernantes y empresarios.

Lo pongo así: Sucedió en un país remoto del que sólo recibimos noticias aisladas, en el que dos militares de alto rango, sobrinos favoritos del más alto comandante militar al que nombró el Primer Ministro, usaron su poder y relaciones para construir una red delictiva de funcionarios, militares y empresarios con la cual se enriquecieron de la noche a la mañana defraudando al país con millones y millones. En el mismo país un gobernador de la provincia donde nació el Primer Ministro, entregó el mando de la policía al jefe de un grupo criminal conocido en la región. Luego ese gobernador es premiado por el Primer Ministro al ser nombrado el funcionario más importante de su gabinete y después lo recomienda para presidente del parlamento. Cambia de administración y, presionada por una potencia extranjera, la nueva Primer Ministra ordena una investigación de la cual son detenidos varios delincuentes, entre ellos los dos sobrinos de jefe militar, y en otros hechos detienen también al jefe de policía nombrado por el gobernador promovido al segundo cargo del país, considerado hermano por el Primer Ministro anterior.

Cualquier mexicano que recibió las noticias del país remoto sospecharía de inmediato que el comandante militar y el funcionario más importante eran jefes de los delincuentes detenidos y el Primer Ministro se llevaba la mayor parte. Pero como sucedió en México, nuestro querido México, las autoridades superiores del país, empezando por la presidente Sheinbaum, están convencidas de que ni el gobernador, en el caso real Adán Augusto López, ni el secretario de Marina, Rafael Ojeda, tienen responsabilidad en el mayor fraude que  hayan cometido contra el país. Y si estos dos están fuera de sospecha, al presidente López Obrador ni mencionarlo, es incapaz de tomar un centavo que no le pertenezca, mil veces ha dicho que lucha por causas no por dinero, que sólo trae doscientos pesos en la cartera, debemos creerle por motivo de fé. Junto con las autoridades encubridoras, los mexicanos devotos tambien aseguran que la inmundicia termina en dos sobrinos y un jefe de policía que traicionaron la confianza del Presidente, son traidores al Movimiento.

¿En qué momento los mexicanos llegamos a grados de ceguera colectiva que  multitudes niegan lo que antes les pareció evidente, siendo que aquellas “evidencias” distan mucho de las actuales? Porque los mismos que hoy niegan la complicidad de López Obrador en la corrupción espantosa de su gobierno, dieron por verdad absoluta e incuestionable que Peña Nieto ordenó la muerte de los 43 y se benefició de la estafa maestra, Calderón era cómplice de García Luna y juntos los mayores narcotraficantes del país. Aceptando las complicidades de Peña y Calderón es válido preguntar porqué López Obrador quedaría exonerado, si los delitos en su gobierno son mucho más escandalosos, los montos defraudados infinitamente mayores y no existe autoridad intermedia entre él y los sospechosos. Si alguna diferencia hay entre los tres presidentes, es de grado, dejando en claro que López Obrador está más cercanamente vinculado a los sospechosos que sus antecesores.

Mantienen la narrativa demagoga mientras ven que frente a sus ojos se derrumba la supuesta verdad del régimen honesto, donde los gobernantes ponen ejemplo de austeridad. Esta conducta infame y aviesa tiene una explicación racional comprobada en la historia internacional del populismo demagogo: a tiranos de su calaña no les importa el bienestar ni el desarrollo del pueblo al que dicen servir, les importa imponer su narrativa de simulación y mentiras, garantizando con ella el control social hasta esclavizar a los pueblos que primero parasitaron. Seguirán mintiendo, seguirán traicionando al pueblo, seguirán robando y exhibiendo como trofeo lo robado, pero en México jamás conseguirán imponer su verdad. No mientras haya mexicanos libres dispuestos a exhibir su podredumbre de vulgares edonistas ambiciosos babeantes por vivir como millonarios.