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domingo, febrero 22, 2026
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Que año el que acaba de pasar, lo recordaremos por el grotesco fraude del acordeón hecho contra todos los mexicanos justiciables, la protección impune a los devotos del régimen, los mortales accidentes del bienestar y, en Chihuahua, por la muerte de Francisco Barrio. Con él empiezo, un portentoso líder que supo insertarse en la irritación social que dejó la crisis económica provocada por doce años de gobiernos populistas e irresponsables, saldada con la devastadora crisis económica de López Portillo. Barrio no era político, pero era decidido y cuando entró en la política lo hizo como torbellino arrasador, atravesado y sin dobles costuras. Es legítimamente digno de ser llamado uno de los precursores de la democracia mexicana, con un matiz que debo apuntar: brilló intensamente cuando más lo requería la democracia y después, sin hacer ruido, se apagó de a poco.

Lo reporteé como fuente informativa desde la candidatura del 92 y después cuando ganó la gubernatura; amable, dispuesto pero arisco. Como gobernador lo traté cuando el conflicto de Vanguardia, dos o tres encuentros en su despacho y una vez recibió en su casa rentada de la colonia Guadalupe a un pequeño grupo de trabajadores, entre los cuales iba yo. “Que bonito carro trae”, me dijo apuntando un deportivo descapotado de color violeta. Cuando volteé hacia el vehículo sonrió, era el carro del novio de su hija. Con esa pequeña broma y otros comentarios suavizó la reunión, pero de allí no sacamos más que un regaño “paternal”; “tengo que tratarlos como un padre que nalguea a sus hijos mal portados”, su respuesta a nuestras demandas. Era un buen hombre y así gobernaba; entregó el edificio del periódico a los bancos y a los trabajadores nos dejó la rotativa y demás equipo, la mayoría inservible.

Años después me concedió la primera entrevista como exgobernador, nos vimos en una suite del entonces Soberano, donde estaba en esos días alojado. Ahí me contó como resolvió sus diferencias con Fernando Baeza, ambos se citaron en casa de un amigo en común (no me dijo quién y me pareció imprudente preguntar) y me contó que sus hijas viajaban con relativa frecuencia de Monterrey a Chihuahua con los hijos de Baeza. Lo veía, así entendí, como un gesto  la mayor de civilidad política, un mensaje de que nada es personal.

Después supe que Fernando Baeza y él fortalecieron su relación personal. Baeza se esmeró en cultivarla, en los años que llevo de tratarlo siempre habló bien de Barrio y en ocasiones, a comentarios insidiosos de mi parte, lo defendió con sinceridad. El abrazo público que se dieron durante la campaña de Xóchitl era sólo la confirmación de una relación armoniosa previamente alimentada.

Tengo para mi que Barrio fue buen hombre, gran líder, formidable candidato y mal político. Nunca debió participar como aspirante a presidente, nadie lo tomó en serio. Como secretario de la Función Pública decepcionó con la promesa de los “peces gordos” jamás pescados, pasó desapercibido siendo coordinador de los diputados panistas (ahí brilló Germán Martínez, subcoordinador) y en Canadá no dio de qué hablar, otro embajador parejo. Por eso dije antes que brilló con intensidad durante un corto tiempo y después se fue apagando, hasta que volvimos a recordarlo con su muerte. No llegó a la celebración de Año Nuevo, su débil corazón que lo trajo preocupado toda su vida se paró faltando unos días. No se, quizás las deficiencias cardiacas lo limitaron y por eso no rindió como debiera. De cualquier forma, el hombre ya descansa en paz.

Con él terminó un año malogrado para los mexicanos, nuestros hijos y nietos lo recordarán como la patética elección del acordeón. Los más avezados se preguntarán ¿cómo llegó el país, en aquellos años, a increíbles ridículos como la elección judicial?. Es lo que vamos dejando en herencia a las futuras generaciones, llegamos a esa sin razón y a otras más cuando una sociedad indiferente baja las manos frente a la obvia devastación nacional y legiónes de ignorantes interesados bailan de felicidad al recibir las migajas del asistencialismo. En esa huida colectiva de la realidad es fácil que un iluminado cumpla sus caprichos anidados en el más profundo rencor, los acordeones uno de los más disparatados. No es que tuviésemos un sistema de Justicia ejemplar, pero a partir de éste año la Justicia se administra con ritos prehispánicos y obediencia ciega a la transformación.

Veinte veinticinco también fue el año de la impunidad absoluta, el derecho de los devotos encumbrados del régimen a disponer de los recursos nacionales con la tranquilidad y el cinismo que da la pertenecía al grupo encaramado en la parte superior del poder, cuya prerrogativa mayor es la impunidad y las rentas directas o indirectas del crimen organizado. Adán Augusto López, José Ramón y Gonzalo López Beltrán, Rocío Nahle, Pedro Haces y otros capitanes del crimen son ejemplos vívidos de como la protección de la pandilla está garantizada, siempre que sus miembros muestren fidelidad al líder. Barredora, huachicol, huachicol fiscal, extorsión, saqueo del erario es perdonado en nombre de la “unidad del movimiento”. Sin impunidad no hay unidad y sin unidad no hay movimiento. Así entienden el poder.

Esta impunidad que lubrica la unidad del movimiento tiene consecuencias mortales, también los vimos al finalizar el año. El accidente del tren interoceánico, “evento ferroviario” para la Marina, dejó 14 muertos y a la fecha siguen 17 hospitalizados graves. Revelador el diálogo captado en marzo del 2024 entre Amílcar Olán y Pedro Salazar Beltrán, amigo personal y primo de Gonzalo López Beltrán, hijo del expresidente. Hablan de moches, deficiencias y sin darse cuenta hacen una predicción que resultaría criminal: “ya cuando se descarrile el tren, será otro pedo”. Meses después de esa conversación socarrona, López Obrador reconoció en su mañanera que asignó a su hijo Gonzalo la terea de supervisar los trabajos del tren interoceánico. La corrupción que preparó el mortal accidente se desborda hasta las puertas de Palenque pero no habrá consecuencias, el régimen jamás juzga ni juzgará a lo suyos. Para ellos toda la gracia y ninguna justicia.

El año pasado fue mal para el país, bien para los nuevos empoderados en engorda; el presente pinta peor. Este 2026 empieza como empezó el 2025, con atentados contra los mexicanos que aspiramos a vivir en libertad. En el horizonte veo dos nubarrones y sus predecibles consecuencias: el golpe definitivo al sistema electoral que propició alternancia durante tres décadas y, sospechas personales, el regreso de López Obrador. El atentado contra el sistema electoral está en marcha, el regreso del tlatoani es cuestionable. Sin embargo abusados, en noviembre pasado hizo su primera reaparición pública insinuando, otra vez, que volvería. Cuando han sentido el poder, vulgares ambiciosos con vocación de caudillos como él son incapaces de permanecer en la vida privada. Volverá como Santana de su Manga de Clavo, con el pretexto de salvar a la patria. El rumbo del país no se definirá en las elecciones del 2027, se define en la acción o inacción de los mexicanos libres en este 2026. Nos espera un año de retos mayúsculos.

Con esta columna reanudo las entregas diarias, con el reproche interno de que nunca dejé tanto tiempo sin escribir, lo que tanto disfruto. Bienvenidos al año nuevo, con todo les deseo un año próspero, de salud, armonía familiar y bendiciones.